La realidad en el espejo

Por cuestiones económicas, estábamos rentando mi hermano, mi padre y yo una oficina virtual en un edificio bastante grande. Compartíamos de esas oficinas en las que te topas a muchas personas que ni conoces, pero que al final tienen la misma necesidad que tú: rentar algo provisional y hasta en ciertas ocasiones recibir clientes.

Una mañana comenzaron a llegar muchas personas para pedirnos cotizaciones sobre los servicios que ofrecíamos. Entraban y salían. En su mayoría eran personas de edad, ancianos necios y quejosos. Al final los atendíamos en el transcurso del día y ocasionalmente me daba mis vueltas por todo ese piso compartido por desconocidos que también estaban en chinga atendiendo a sus clientes.

Llena de cansancio y con ganas de irme a mi recámara (rentábamos también recámaras ahí mismo) me recargué en una pared junto a mi hermano. En frente seguían desfilando los ancianos con papeles en la mano. Salían apurados una vez que mi padre los había escuchado sobre lo que querían con cotizaciones en folders amarillos. De pronto frente a mí, veo a uno de esos viejos acompañado de otro saliendo rumbo a la puerta de cristal que dividía la entrada del pasillo y del edificio. En segundos, el anciano le propinó una patada brutal al otro que caminaba frente a él. El sonido del madrazo fue espantoso, y me asusté. Mi instinto fue voltear hasta donde estaban mi hermano y mi padre y comentarles sobre lo horrible del acto en sí. La violencia de cualquier tipo siempre me ha aterrado. Ellos mismos desconocían también la razón del porqué había pasado aquello.

Mi desconfianza sobre todo lo que estaba presenciando me hizo seguir sutilmente con la mirada al viejo agresor e instantaneamente cuando más me enfocaba en él, observo cómo saca de su saco un cuchillo enorme y afilado. Me ve. Lo veo. El terror provoca que mis piernas comiencen a fallar y el instinto lleno ya de adrenalina, me grita: ¡corre!

Me pierdo entre puertas. Mi hermano me sigue y yo lo guío por donde debemos de escapar. Mi padre se queda atrás. No sé si ha sido atacado por este loco enfermo o sí ha logrado escapar. Sólo quiero llegar a una salida para pedir ayuda y llamar a la policía cuanto antes. Sigo abriendo puertas y cerrándolas. Estoy temblando pero no me detengo. Sopresivamente al abrir una de tantas puertas, vemos mi hermano y yo una salida, sólo tenemos que bajar un chingo de escaleras, pero sí, ahí está la luz del sol en las calles.

Al bajar hacia el primer piso, llego a otra oficina enorme llena de gente: “¡corran, hay un loco en nuestra oficina con un cuchillo, está matando gente, llamen a la policía, ya ya ya!”. Escucho gritos de los empleados, comienzan a bajar las escaleras junto con nosotros dos. No volteo y no quiero hacerlo. Tengo mucho miedo y sigo bajando. Quiero llegar ya a la salida. Sigo. No me detengo.

Al llegar una explanada con mucho pasto frente a mi, me siento liberada y preocupada. El sentimiento es horrible, me incomoda y sé que tengo que regresar a dar mi testimonio. El valor tarda en llegar por el terror que me invadió hace escasos minutos, pero llega. Camino a una estación de policía. Abro la puerta y todos se me quedan viendo, extrañados. Escucho entre dientes a personas hablar sobre mí, bajito, bajito para que no escuche nada, sin embargo medio logro descifrar qué dicen.

“Es él… no le digan…”, alguien dice pero no sé a qué se refiere. Hola, extiendo mi mano y me presento con el policía, “me llamo Patricia, yo vi todo. Yo vi al anciano con un cuchillo, estaba matando gente”. El policía no dice nada, sólo me ve con unos ojos de los que puedo percibir algo de preocupación, sorpresa y hasta cierta lástima. “No le digan… actúen normal, no le digan”, escucho de nuevo a la gente hablar a mi lado. Comienzo a incomodarme, mucho. No entiendo por qué me ven así, no entiendo por qué no me dicen nada. No puedo más y pregunto, “¿qué es, qué pasa?”. El policía que fundía sus ojos con los míos desde mi llegada, me pide que me mueva un poco a mi izquierda y vea mi reflejo en el espejo que va a quedar frente a mí una vez que haga lo que me pide. Sigo sus órdenes, me muevo y me veo. No soy yo, soy aquél anciano del cuchillo. Soy él. Siento cómo mi cuerpo se desmorona y caigo al piso, llorando, impresionada. Soy él. Lloro desconsolada. Lloro en mi sueño y logra pasar el sentimiento a mi realidad. El mistral está golpeando a mi puerta y me despierta. Mis sueños siguen cazándome, sólo que éste me ha dejado demasiado inquieta.

Morado con parches negros

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Ya había escuchado de alguien que mi papá tenía problemas con el alcohol. Y feos. De esos en los que podía amanecer tirado en la calle, en su auto o en el sillón de la casa, completamente descerebrado.

No lo creí y fui directo a casa tan pronto como pude. Estaba tirado en la sala. Borrachísimo. Al llegar lo vi y se despertó inmediatamente. Apenas si podía ponerse en pie. Como pudo, caminó a una silla que se encontraba en el comedor y ahí fue cuando vi su espalda y sus brazos. Las venas se le salían por la delgadez de su cuerpo. Eran unas venas moradas, casi negras. Eran desagradables a la vista, y muy a pesar de que era mi padre el que estaba ahí, sufriendo un alcoholismo terrible y en el que el espectáculo de los estragos físicos era real, no podía dejar de sentir esa tristeza tan pero tan terrible, que mi estómago se revolvía entre el asco y la lástima.

No me decía nada, ni una sola palabra. Sólo me observaba con una mirada tan perdida y tan consiente a la vez, que no sabía qué decir o qué pensar. Yo no quería ni siquiera decir algo, porque no tenía nada para él.

Pasaron cinco minutos y no aguanté más. Me pare, lo miré y le dije, “espero morirme primero, antes que tú, qué desilusión”. Mi primo que estaba al lado de él, me miró y dijo, “exacto”.

Me fui caminando por ese pasillo de ese segundo hogar, más por fuerza que por deseo. Llegué a mi cuarto y al voltear a la izquierda me encuentro con un cuadro terrible. Mi hermano, enfermo, tirado. Cansado. Muchos parientes que no logró saber quiénes son lo acompañan. Entro y preguntó sobre su estado de salud. Medio me informan y me dicen que “estará” bien. Es imposible hablar con él. No puede hablar de lo débil que está. Mi tristeza aumenta. Esta hundido en un sueño profundo.

Decido entrar a mi cuarto. Ese color morado de las paredes, ahora tienen manchas negras. Enormes. Carcomidas por el tiempo. Hay un poco de agua, igual, como siempre. Me subo dos metros y me encuentro en mi cama. Es exactamente la misma configuración de cuando vivía ahí. Me acuesto y comienzo a pensar que la situación está muy jodida. No sé qué voy a hacer. Mi padre se muere de alcoholico y mi hermano está enfermo. Recuerdo que que mi madre también moría y yo estaba ahí, sola, viendo cómo mi familia se desvanecía por enfermedad.

Me acuesto en mi cama y comienzo a pensar que esto no es real. Comienzo a llorar. Quiero despertar ya. No puedo. Esta vez lo lúcido llega pero estoy tan cansada que mi sueño es profundo y no puedo abrir los ojos.

Pienso que no es posible que haya regresado a mi país. No recuerdo el viaje en avión, ni las despedidas ni mi equipaje. No. No. No he regresado. Esto no es real. NADA de esto es real. Pienso que quiero despertar de nuevo. Lucho pero no puedo. Estoy muy cansada. Lo siento. Estoy MUY cansada.

Me bajo de la cama y me acuesto en el piso. Veo a mi hermano llegar, débil, delgadísimo y apenas susurrándome al oído me pregunta que qué veo. Que se lo describa. Le digo que es el mismo cuarto, ese cuarto de miedo y podredumbre. Morado. Pero que ahora la diferencia es que las paredes tienen manchas negras. Me pide que le siga contando. Sinceramente no quiero. Ya no quiero y comienzo a llorar inconsolablemente. Quiero despertar. Pero por alguna extraña razón le digo que quiero contarle bien del porqué siempre regreso al mismo cuarto morado. Que aprovechemos juntos que es un sueño para que me ayude a descifrar el significado. Me sonríe y con su voz queda, me dice que no luche, que efectivamente es un sueño. Me asegura que estoy muy cansada y que no lograré despertarme por ahora. Que mejor descanse y cierre los ojos.

Comienzo a llorar una vez más. La confusión es real. Sé que es un sueño pero también puedo sentirlo como algo que sucede y no puedo huir. De reojo veo a mi padre caminar por el pasillo. Sus venas moradas son cada vez más grandes, más saltonas. Cubre su cuerpo con una sábana sucia, rota. Está muy ebrio y sé que se va a morir. Lloro. Lloro mucho e intento y sigo luchando por despertar.

Al fin, mi respiración logra despertarme. Abro los ojos. Analizo mi alrededor en la oscuridad. No se bien a bien en dónde estoy, pero sé que no es ahí con seguridad. Siento como si hubiera llorado hace un rato nada más. Logro incorporarme y me siento al borde mi cama. Bebo un poco de agua y pienso que mis sueños realmente están bien jodidos.

Nunca nunca he visto a mi padre cayéndose de borracho ni enfermo. En mis 38 años de vida, lo he visto si a caso dos veces medio pedo. Hasta ahí. Verlo así, en mis sueños, era impresionante. Era triste. Verlo casi morir y ver a mi hermano en un estado tan en descomposición, me revuelven el estómago nada más de escribirlo. Mis sueños pueden ser muy terribles. En serio.

Memoria y Cerebro

Últimamente me he dado cuenta que he comenzado con esta extraña manía que pasa por el cerebro (supongo) y toca la memoria.

A veces cuando vas a terapia te preguntan sobre algún recuerdo de tu infancia o hasta de tu vida. Básicamente que hagas un flashback de cosas que te hicieron feliz o te dieron en la madre. No te lo dicen así los loqueros, pero intuyes que el cuestionamiento va por ahí. En ese momento está mega cabrón acordarte. Supongo que por el estrés de estar ahí con una persona que a huevo tuviste que conocer y luego porque ni siquiera la o lo conoces… y así como contarle en chinga algo, el cerebro se hace bien wey y nomás no ayuda.

La cosa es que ya estando a solas, el cerebro se relaja y la memoria lo acompaña. Pues estoy como en ese ciclo de mi vida cerebral y de memoria en el que DIA.RIO me acuerdo de algo. Llega en automático y digo, “a huevo, no maaaa, ya no me acordaba de eso.” He comenzado a llegar a la conclusión (en mis rat studies) que la memoria no siempre funciona con el cerebro. Creo que funciona más con la emoción y el corazón. Está medio cabrón explicarlo pero siento que la cadena primero funciona de un lado para darle cuerdita al otro lado.

Por hueva no he apuntado muchos de esos recuerdos que me movieron de niña, adolescente o hasta de adulto. El día de hoy vengo a hacer el ejercicio en este blog de algunos de esos recuerdos. Conforme me vaya a acordando me dan ganas de hacer un update en este mismo post de esas memorias liberadas (?).

– Una escalera eléctrica en un centro comercial. Volteo a ver a mis piernas. Las veo blancas. Blancas blancas. Alguien me carga. Me siento muy incómoda. Creo que tendría dos años de edad. Recién operada supongo.

– Me abrocho los tenis. Son unos bubble gummers cafés con olor y tenían estampitas intercambiables. De esas que les rascabas y olían. Lloro y sigo abrochando mis tenis más rápido. Los aprieto duro. Tengo un pantalón azul claro y una playera de cuadritos de color otoñal. Me puedo ver en el espejo. Hay sol del lado derecho. Mi madre grita. Llora. Mi padre nervioso no sabe qué decir.

– Mi madre maneja. La veo llorando por el retrovisor. No sé qué pasa. Me siento rara y triste al mismo tiempo.

– Una vez más mi madre maneja. Es otra época. Decidió llevarme a su trabajo por la tarde. Llevo una falda cortita. En una mano llevo una bolsa llena de dulces y en otra mi mochila. Voy atrás con el cinturón de seguridad. Creo que tendría mis seis años. Está muy nublado. LLueve. Me siento triste.

– Estoy en la oficina de mi mamá matando el tiempo. Es otro día. Juego en la alfombra, en los pies de ella. Me escapo a la oficina de su jefe y esculco su escritorio. En una de las lapiceras veo una cápsula con chochitos. “DULCES!” La abro, los vacío en mi mano y me los como esperando un sabor dulce. Puta madre. Me sabe a madres. Sabe horrible. Los escupo. Años después entendí que era una medicina del anciano. Sabrá qué coño me tragué. No dije nada a nadie.

– En el patio de mi casa de niña escucho jugar a Ricardo en el edificio de al lado. Juega con Pépe y su hermana. Me gusta mucho Ricardo. Tendría mis ochos años yo creo. Me subo en una escalera que está en la pared. Asomo la cabeza y grito, “Ricardo, te amo”. Creo que fue la primera vez que le dije a alguien que lo amaba. No sé si me escuchó.

– En esa misma casa, en el mismo patio pero del otro lado, la pared dividía hacia el estacionamiento de un edificio enorme. Me subía todas las tardes a darles de comer a los gatos del edificio. Les aventaba jamón desde las alturas y se acumulaban unos cinco gatos ahí. Meses después un gato negro se subió y se quedó para siempre en mi casa. Era mi gata negra. Se llama Lady y cuando se murió me pegó mucho. Creo que por eso no me gustan los gatos.

– Me acuerdo de Berenice. Tendría mis seis años. Ella era mayor como por dos años. Morena de ojos verdes. Todos los niños estaban enamorados de ella y yo sentía algo, pero no sabía qué. Ella me veía raro. No entendíamos las dos porqué yo estaba al lado de los niños también, jugando a lo mismo… La recuerdo perfectamente. Mi cabeza puede hacer un retrato perfecto de ella el día de hoy. Creo que es porque sé muy en el fondo que fue la primer mujer que me hizo sentir algo diferente.

Me acaban de pasar un plato con puré de papá. Está delicioso. Por hoy, me voy. Qué buen ejercicio mental caray.

Cauchemars

De cuando tienes sueños lúcidos y te levantas pensando en ese segundito en el que te mueves y abres los ojos… y en chinga te preguntas, ¿en realidad pasó?

Una cosa es tener sueños lúcidos medianamente fantásticos y otra cosa es tener pesadillas que se pueden volver realidad. Anoche soñé con la locura, la pura locura de las personas cercanas a mí. El miedo de sentirlos agresivos, esquizofrénicos, deprimidos, solos, tristes y felices (al mismo tiempo) en su viaje de enfermedad mental. El padre estaba loco y el hermano también. Yo pensaba, ¿y a mí, cuándo me tocará la cabeza la locura hereditaria?

Una tía muerta me pedía perdón… no, le pedía perdón a mi madre a través de mí. Un abuelo muerto me abrazaba y yo correspondía. Familia paternal cagándose de risa. Un camino a casa largo a pie por la oscuridad de Nicolás San Juan. El CUM con sus árboles impresionantes de día y terroríficos de noche. Caminaba sola porque me cerraban la puerta cuando quería subir al auto. Me dejaban ahí, sola. Mi familia me abandonaba para irse a casa seguros mientras yo, caminaba y lloraba.

El regreso a aquél departamento de mis pesadillas ya es habitual. Mi cuarto siempre fugando agua. Paredes casi podridas de color morado. SIEM.PRE Todo mojado. Mucha agua. Mucha. Esa ansiedad siempre es la misma. ¿Y ahora? Mi casa se hace pedazos. Todos se ríen de algo y nunca he logrado saber el chiste. Me preocupo y quiero salir corriendo de ese puto departamento. Me provoca inquietud y frustración porque por más que quiero salir de ese lugar, no puedo.

Una alberca llena de plantas acuáticas, tierra, suciedad. Mi padre en posición fetal cayendo más y más en la locura. Dice, “es tiempo de irme”. Se avienta a la alberca, nada como mariposa y de pronto ahí, se queda quieto y comienza a hundirse. El hermano se avienta, lo detiene y lo arrastra a la orilla. Un descuido y comienza a hundirse frente a mí. Me aviento a la alberca. Me da un miedo brutal pero me aviento. Tengo que salvarlo. Mientras me hundo poco a poco, el agua se vuelve azul y pienso en esa tristeza infinita de ver a mi padre deprimido, loco… sin ganas de vivir. Logro subirlo poco a poco a la superficie. Lloro y nadie se da cuenta, tengo mojada la cara y finjo que todo está bien.

Tengo frío en el pecho. Mi playera esta mojada. Sudor de sueños. Sudor de ansiedad. Me levanto con un hueco en el estómago. Qué incomodidad caray. Escribo en chinga: “Hola, todo bien por allá?”. Diez minutos después: “Sí, acá preparandonos para dormir”.

Cierro WA y me resigno como siempre después de estos sueños inquietantes. Sigo sintiendo un hueco enorme. A veces pienso que el perder contacto con las personas por más de dos o tres días, me hace sentir en una incubadora mental, fabrica de sueños lúcidos y pesadillas reales.

Apúrate, llévate una cámara, tal vez sea su último cumpleaños.

La muerte es hereditaria

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De las cositas que más extraño de mi país es el Día de Muertos. Desde que estás chiquita te acostumbran a ir a los mercados por esa fecha para comprar calaveritas de azúcar o de chocolate. De paso, tu nariz se baña de ese olor tan encantador y particular de las flores de cempasúchil. Son de esos olores que te dan esos flashbacks tan chingones y tan únicos en tu vida que ni siquiera el tiempo te los ha quitado al pasar del tiempo, o la edad o lo que sea que te quite la memoria.

Las únicas muertes que he relacionado con la tragedia inmediata (de esa que te cala la sangre y te dan ganas de morir también) son: la muerte de mi madre y la muerte de mi perro. La sinceridad de ambas muertes que me tocó vivir, su crudeza y lo que provocó en mí  -sin ser hipócrita-, me desgarraron las entrañas, lloré como nunca lo había hecho, odié a la vida, odié ese dolor nuevo del alma y creí  que el mundo había dejado de girar. Crees que la muerte esa que has visto desde niño en la fiesta del Día de Muertos, no tiene nada de fiesta y que al final, por mucho que lo niegues, la muerte es así: hereditaria. No hay ni para donde hacerte, porque tarde o temprano, serás tú.

Sin embargo, al pasar del tiempo, por cultura y porque crecí viendo eso, en mi país vemos a la muerte al final de todo como una transición quizá hasta necesaria (depende de tus creencias creo). Las personas que tienen ese amigo imaginario en el cielo, piensan que la muerte se llevó a sus queridos y ahí (en dónde sea) “estarán mejor” y porque además, ya había llegado su tiempo. Los que no creemos en nada, lo mandamos todo a un final demasiado científico. La vida es así, naces y mueres. El proceso termina en algún momento. Porque sí, la muerte: es hereditaria. Y al final, ambas creencias nos fusionamos en la misma fiesta de muertos. Ambas sonríen, bailan, cantan y ponen comida en el altar. Ya vienen hoy en la noche, dicen.

Extraño la fiesta de muertos. Mi transición mental de la tragedia a la celebración del día llegó hace unos años. Hoy puedo celebrar la muerte de mi madre y de mi perro. Hoy puedo celebrar el haberlos conocido. El haber aprendido de ellos tantas cositas que se quedaron dentro de mi. Me enseñaron a sentir y me enseñaron a vivir.

Extraño caminar por los mercados de la ciudad. Extraño elegir calaveritas, papel picado, flores, la catrina, la música. Extraño ese olor del copal o del incienso. Extraño poner el altar de muertos en casa recordando a toda la banda. Extraño mucho. En serio.

A lo lejos he aprendido a celebrar con lo que tengo y lo que no. Lo que me queda es esa memoria del olor y de los que ya se fueron. Del recuerdo de mi niñez comiendo una calavera de azúcar enorme, riéndome y pidiéndole a mi madre otra calavera de chocolate. De su sonrisa hermética. De sus ojos grandes hermosos. De su olor a perfume sutil. De sus dientes blancos, derechos, casi perfectos. De sus manos grandes. De la complicidad de su mirada y la mía porque ambas sabíamos que el primero de noviembre, también era su cumpleaños.

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Del acomodo de las cosas

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Muchas veces asocio casi de manera automática mi vida con cosas bien comúnes y corrientes. Cosas que llegan a formar un momentito crucial en mi cabeza. De hecho siempre he pensado que la vida del ser humano es como un juego tetris. Inteligentemente tienes que ir acomodando las piezas sin paniquearte. Si lo haces, pierdes… o por lo menos te va a costar un huevo o te va a dar mucha flojera volver a comenzar y llegar al nivel en el que estabas.

Conforme voy viviendo y acumulando años, me he dado cuenta que las oportunidades siempre vendrán poquito a poco, y sí, tengo un chorro de preguntas tipo: ¿cuáles son las oportunidades que debo de tomar y cuáles debo de dejar pasar?

Hace unos días me preparé esta simulación de “sushi ebi” sin nada. Por eso era una simulación, porque ni siquiera era sushi. Un día me atasqué de rollos maki, creo que hace unos ocho años. Ese día me dió demasiado asco, hasta que años después volví a comerlos y me intoxiqué. De ahí nunca más he vuelto a comerlos. Sin embargo me encanta el arroz así, en forma de sushi ebi pero sin nada arriba. El arroz para sushi frío es delicioso remojado en soya.

La cosa es que hoy, mi panorama de las cosas y las oportunidades es así, como una camita de arroz sin nada: limpio, fresco y listo para ponerle lo que quieras arriba. El pedo es que no quiero ponerle nada arriba o por lo menos no por ahora. He logrado salir de mi zona de confort de una manera muy fugaz en poco tiempo. Ha sido una oportunidad de humor y energía que no he dejado pasar y que hizo que me montara en el barco “nuevo” de mi vida abroad. Con todo esto, han llegado una oleada de oportunidades profesionales que me emocionan, pero a la vez me hacen dudar sobre tomar la elección correcta.

Por el momento he pensado (y lo hecho estos días últimamente) sobre no acelerarme y ver esas oportunidades desde afuerita nada más. Como cuando jugabas a las escondidillas de niña y nomás estabas espiando a tu amigo el más fuerte, al más rápido, o a tu amiga la más ágil, la más colmilluda.. y tú estabas entre los dos (tienes las cualidades de ambos) pero sabías que si te veían ya se chingaba el juego, o por lo menos tu juego.

Suena: Wolf Colony – Holy