La muerte es hereditaria

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De las cositas que más extraño de mi país es el Día de Muertos. Desde que estás chiquita te acostumbran a ir a los mercados por esa fecha para comprar calaveritas de azúcar o de chocolate. De paso, tu nariz se baña de ese olor tan encantador y particular de las flores de cempasúchil. Son de esos olores que te dan esos flashbacks tan chingones y tan únicos en tu vida que ni siquiera el tiempo te los ha quitado al pasar del tiempo, o la edad o lo que sea que te quite la memoria.

Las únicas muertes que he relacionado con la tragedia inmediata (de esa que te cala la sangre y te dan ganas de morir también) son: la muerte de mi madre y la muerte de mi perro. La sinceridad de ambas muertes que me tocó vivir, su crudeza y lo que provocó en mí  -sin ser hipócrita-, me desgarraron las entrañas, lloré como nunca lo había hecho, odié a la vida, odié ese dolor nuevo del alma y creí  que el mundo había dejado de girar. Crees que la muerte esa que has visto desde niño en la fiesta del Día de Muertos, no tiene nada de fiesta y que al final, por mucho que lo niegues, la muerte es así: hereditaria. No hay ni para donde hacerte, porque tarde o temprano, serás tú.

Sin embargo, al pasar del tiempo, por cultura y porque crecí viendo eso, en mi país vemos a la muerte al final de todo como una transición quizá hasta necesaria (depende de tus creencias creo). Las personas que tienen ese amigo imaginario en el cielo, piensan que la muerte se llevó a sus queridos y ahí (en dónde sea) “estarán mejor” y porque además, ya había llegado su tiempo. Los que no creemos en nada, lo mandamos todo a un final demasiado científico. La vida es así, naces y mueres. El proceso termina en algún momento. Porque sí, la muerte: es hereditaria. Y al final, ambas creencias nos fusionamos en la misma fiesta de muertos. Ambas sonríen, bailan, cantan y ponen comida en el altar. Ya vienen hoy en la noche, dicen.

Extraño la fiesta de muertos. Mi transición mental de la tragedia a la celebración del día llegó hace unos años. Hoy puedo celebrar la muerte de mi madre y de mi perro. Hoy puedo celebrar el haberlos conocido. El haber aprendido de ellos tantas cositas que se quedaron dentro de mi. Me enseñaron a sentir y me enseñaron a vivir.

Extraño caminar por los mercados de la ciudad. Extraño elegir calaveritas, papel picado, flores, la catrina, la música. Extraño ese olor del copal o del incienso. Extraño poner el altar de muertos en casa recordando a toda la banda. Extraño mucho. En serio.

A lo lejos he aprendido a celebrar con lo que tengo y lo que no. Lo que me queda es esa memoria del olor y de los que ya se fueron. Del recuerdo de mi niñez comiendo una calavera de azúcar enorme, riéndome y pidiéndole a mi madre otra calavera de chocolate. De su sonrisa hermética. De sus ojos grandes hermosos. De su olor a perfume sutil. De sus dientes blancos, derechos, casi perfectos. De sus manos grandes. De la complicidad de su mirada y la mía porque ambas sabíamos que el primero de noviembre, también era su cumpleaños.

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