Memoria y Cerebro

Últimamente me he dado cuenta que he comenzado con esta extraña manía que pasa por el cerebro (supongo) y toca la memoria.

A veces cuando vas a terapia te preguntan sobre algún recuerdo de tu infancia o hasta de tu vida. Básicamente que hagas un flashback de cosas que te hicieron feliz o te dieron en la madre. No te lo dicen así los loqueros, pero intuyes que el cuestionamiento va por ahí. En ese momento está mega cabrón acordarte. Supongo que por el estrés de estar ahí con una persona que a huevo tuviste que conocer y luego porque ni siquiera la o lo conoces… y así como contarle en chinga algo, el cerebro se hace bien wey y nomás no ayuda.

La cosa es que ya estando a solas, el cerebro se relaja y la memoria lo acompaña. Pues estoy como en ese ciclo de mi vida cerebral y de memoria en el que DIA.RIO me acuerdo de algo. Llega en automático y digo, “a huevo, no maaaa, ya no me acordaba de eso.” He comenzado a llegar a la conclusión (en mis rat studies) que la memoria no siempre funciona con el cerebro. Creo que funciona más con la emoción y el corazón. Está medio cabrón explicarlo pero siento que la cadena primero funciona de un lado para darle cuerdita al otro lado.

Por hueva no he apuntado muchos de esos recuerdos que me movieron de niña, adolescente o hasta de adulto. El día de hoy vengo a hacer el ejercicio en este blog de algunos de esos recuerdos. Conforme me vaya a acordando me dan ganas de hacer un update en este mismo post de esas memorias liberadas (?).

– Una escalera eléctrica en un centro comercial. Volteo a ver a mis piernas. Las veo blancas. Blancas blancas. Alguien me carga. Me siento muy incómoda. Creo que tendría dos años de edad. Recién operada supongo.

– Me abrocho los tenis. Son unos bubble gummers cafés con olor y tenían estampitas intercambiables. De esas que les rascabas y olían. Lloro y sigo abrochando mis tenis más rápido. Los aprieto duro. Tengo un pantalón azul claro y una playera de cuadritos de color otoñal. Me puedo ver en el espejo. Hay sol del lado derecho. Mi madre grita. Llora. Mi padre nervioso no sabe qué decir.

– Mi madre maneja. La veo llorando por el retrovisor. No sé qué pasa. Me siento rara y triste al mismo tiempo.

– Una vez más mi madre maneja. Es otra época. Decidió llevarme a su trabajo por la tarde. Llevo una falda cortita. En una mano llevo una bolsa llena de dulces y en otra mi mochila. Voy atrás con el cinturón de seguridad. Creo que tendría mis seis años. Está muy nublado. LLueve. Me siento triste.

– Estoy en la oficina de mi mamá matando el tiempo. Es otro día. Juego en la alfombra, en los pies de ella. Me escapo a la oficina de su jefe y esculco su escritorio. En una de las lapiceras veo una cápsula con chochitos. “DULCES!” La abro, los vacío en mi mano y me los como esperando un sabor dulce. Puta madre. Me sabe a madres. Sabe horrible. Los escupo. Años después entendí que era una medicina del anciano. Sabrá qué coño me tragué. No dije nada a nadie.

– En el patio de mi casa de niña escucho jugar a Ricardo en el edificio de al lado. Juega con Pépe y su hermana. Me gusta mucho Ricardo. Tendría mis ochos años yo creo. Me subo en una escalera que está en la pared. Asomo la cabeza y grito, “Ricardo, te amo”. Creo que fue la primera vez que le dije a alguien que lo amaba. No sé si me escuchó.

– En esa misma casa, en el mismo patio pero del otro lado, la pared dividía hacia el estacionamiento de un edificio enorme. Me subía todas las tardes a darles de comer a los gatos del edificio. Les aventaba jamón desde las alturas y se acumulaban unos cinco gatos ahí. Meses después un gato negro se subió y se quedó para siempre en mi casa. Era mi gata negra. Se llama Lady y cuando se murió me pegó mucho. Creo que por eso no me gustan los gatos.

– Me acuerdo de Berenice. Tendría mis seis años. Ella era mayor como por dos años. Morena de ojos verdes. Todos los niños estaban enamorados de ella y yo sentía algo, pero no sabía qué. Ella me veía raro. No entendíamos las dos porqué yo estaba al lado de los niños también, jugando a lo mismo… La recuerdo perfectamente. Mi cabeza puede hacer un retrato perfecto de ella el día de hoy. Creo que es porque sé muy en el fondo que fue la primer mujer que me hizo sentir algo diferente.

Me acaban de pasar un plato con puré de papá. Está delicioso. Por hoy, me voy. Qué buen ejercicio mental caray.

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