Verano

Lo nocturno del verano tiene su encanto. Dormir con las ventanas abiertas mientras entra el sonido de la música del centro de forma sutil. Arrullo instantáneo. Vida afuera. Tranquilidad dentro. Inquietud en mis piernas…

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Miseria humana

Fragmentito chiquito que se me quedó al leer el Correo Ilustrado de hoy en La Jornada:

Uno de los sabios más ilustres de la humanidad dijo que quienes no pueden celebrar el triunfo de los otros, se condenan a una forma de la miseria humana.

La realidad en el espejo

Por cuestiones económicas, estábamos rentando mi hermano, mi padre y yo una oficina virtual en un edificio bastante grande. Compartíamos de esas oficinas en las que te topas a muchas personas que ni conoces, pero que al final tienen la misma necesidad que tú: rentar algo provisional y hasta en ciertas ocasiones recibir clientes.

Una mañana comenzaron a llegar muchas personas para pedirnos cotizaciones sobre los servicios que ofrecíamos. Entraban y salían. En su mayoría eran personas de edad, ancianos necios y quejosos. Al final los atendíamos en el transcurso del día y ocasionalmente me daba mis vueltas por todo ese piso compartido por desconocidos que también estaban en chinga atendiendo a sus clientes.

Llena de cansancio y con ganas de irme a mi recámara (rentábamos también recámaras ahí mismo) me recargué en una pared junto a mi hermano. En frente seguían desfilando los ancianos con papeles en la mano. Salían apurados una vez que mi padre los había escuchado sobre lo que querían con cotizaciones en folders amarillos. De pronto frente a mí, veo a uno de esos viejos acompañado de otro saliendo rumbo a la puerta de cristal que dividía la entrada del pasillo y del edificio. En segundos, el anciano le propinó una patada brutal al otro que caminaba frente a él. El sonido del madrazo fue espantoso, y me asusté. Mi instinto fue voltear hasta donde estaban mi hermano y mi padre y comentarles sobre lo horrible del acto en sí. La violencia de cualquier tipo siempre me ha aterrado. Ellos mismos desconocían también la razón del porqué había pasado aquello.

Mi desconfianza sobre todo lo que estaba presenciando me hizo seguir sutilmente con la mirada al viejo agresor e instantaneamente cuando más me enfocaba en él, observo cómo saca de su saco un cuchillo enorme y afilado. Me ve. Lo veo. El terror provoca que mis piernas comiencen a fallar y el instinto lleno ya de adrenalina, me grita: ¡corre!

Me pierdo entre puertas. Mi hermano me sigue y yo lo guío por donde debemos de escapar. Mi padre se queda atrás. No sé si ha sido atacado por este loco enfermo o sí ha logrado escapar. Sólo quiero llegar a una salida para pedir ayuda y llamar a la policía cuanto antes. Sigo abriendo puertas y cerrándolas. Estoy temblando pero no me detengo. Sopresivamente al abrir una de tantas puertas, vemos mi hermano y yo una salida, sólo tenemos que bajar un chingo de escaleras, pero sí, ahí está la luz del sol en las calles.

Al bajar hacia el primer piso, llego a otra oficina enorme llena de gente: “¡corran, hay un loco en nuestra oficina con un cuchillo, está matando gente, llamen a la policía, ya ya ya!”. Escucho gritos de los empleados, comienzan a bajar las escaleras junto con nosotros dos. No volteo y no quiero hacerlo. Tengo mucho miedo y sigo bajando. Quiero llegar ya a la salida. Sigo. No me detengo.

Al llegar una explanada con mucho pasto frente a mi, me siento liberada y preocupada. El sentimiento es horrible, me incomoda y sé que tengo que regresar a dar mi testimonio. El valor tarda en llegar por el terror que me invadió hace escasos minutos, pero llega. Camino a una estación de policía. Abro la puerta y todos se me quedan viendo, extrañados. Escucho entre dientes a personas hablar sobre mí, bajito, bajito para que no escuche nada, sin embargo medio logro descifrar qué dicen.

“Es él… no le digan…”, alguien dice pero no sé a qué se refiere. Hola, extiendo mi mano y me presento con el policía, “me llamo Patricia, yo vi todo. Yo vi al anciano con un cuchillo, estaba matando gente”. El policía no dice nada, sólo me ve con unos ojos de los que puedo percibir algo de preocupación, sorpresa y hasta cierta lástima. “No le digan… actúen normal, no le digan”, escucho de nuevo a la gente hablar a mi lado. Comienzo a incomodarme, mucho. No entiendo por qué me ven así, no entiendo por qué no me dicen nada. No puedo más y pregunto, “¿qué es, qué pasa?”. El policía que fundía sus ojos con los míos desde mi llegada, me pide que me mueva un poco a mi izquierda y vea mi reflejo en el espejo que va a quedar frente a mí una vez que haga lo que me pide. Sigo sus órdenes, me muevo y me veo. No soy yo, soy aquél anciano del cuchillo. Soy él. Siento cómo mi cuerpo se desmorona y caigo al piso, llorando, impresionada. Soy él. Lloro desconsolada. Lloro en mi sueño y logra pasar el sentimiento a mi realidad. El mistral está golpeando a mi puerta y me despierta. Mis sueños siguen cazándome, sólo que éste me ha dejado demasiado inquieta.

Morado con parches negros

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Ya había escuchado de alguien que mi papá tenía problemas con el alcohol. Y feos. De esos en los que podía amanecer tirado en la calle, en su auto o en el sillón de la casa, completamente descerebrado.

No lo creí y fui directo a casa tan pronto como pude. Estaba tirado en la sala. Borrachísimo. Al llegar lo vi y se despertó inmediatamente. Apenas si podía ponerse en pie. Como pudo, caminó a una silla que se encontraba en el comedor y ahí fue cuando vi su espalda y sus brazos. Las venas se le salían por la delgadez de su cuerpo. Eran unas venas moradas, casi negras. Eran desagradables a la vista, y muy a pesar de que era mi padre el que estaba ahí, sufriendo un alcoholismo terrible y en el que el espectáculo de los estragos físicos era real, no podía dejar de sentir esa tristeza tan pero tan terrible, que mi estómago se revolvía entre el asco y la lástima.

No me decía nada, ni una sola palabra. Sólo me observaba con una mirada tan perdida y tan consiente a la vez, que no sabía qué decir o qué pensar. Yo no quería ni siquiera decir algo, porque no tenía nada para él.

Pasaron cinco minutos y no aguanté más. Me pare, lo miré y le dije, “espero morirme primero, antes que tú, qué desilusión”. Mi primo que estaba al lado de él, me miró y dijo, “exacto”.

Me fui caminando por ese pasillo de ese segundo hogar, más por fuerza que por deseo. Llegué a mi cuarto y al voltear a la izquierda me encuentro con un cuadro terrible. Mi hermano, enfermo, tirado. Cansado. Muchos parientes que no logró saber quiénes son lo acompañan. Entro y preguntó sobre su estado de salud. Medio me informan y me dicen que “estará” bien. Es imposible hablar con él. No puede hablar de lo débil que está. Mi tristeza aumenta. Esta hundido en un sueño profundo.

Decido entrar a mi cuarto. Ese color morado de las paredes, ahora tienen manchas negras. Enormes. Carcomidas por el tiempo. Hay un poco de agua, igual, como siempre. Me subo dos metros y me encuentro en mi cama. Es exactamente la misma configuración de cuando vivía ahí. Me acuesto y comienzo a pensar que la situación está muy jodida. No sé qué voy a hacer. Mi padre se muere de alcoholico y mi hermano está enfermo. Recuerdo que que mi madre también moría y yo estaba ahí, sola, viendo cómo mi familia se desvanecía por enfermedad.

Me acuesto en mi cama y comienzo a pensar que esto no es real. Comienzo a llorar. Quiero despertar ya. No puedo. Esta vez lo lúcido llega pero estoy tan cansada que mi sueño es profundo y no puedo abrir los ojos.

Pienso que no es posible que haya regresado a mi país. No recuerdo el viaje en avión, ni las despedidas ni mi equipaje. No. No. No he regresado. Esto no es real. NADA de esto es real. Pienso que quiero despertar de nuevo. Lucho pero no puedo. Estoy muy cansada. Lo siento. Estoy MUY cansada.

Me bajo de la cama y me acuesto en el piso. Veo a mi hermano llegar, débil, delgadísimo y apenas susurrándome al oído me pregunta que qué veo. Que se lo describa. Le digo que es el mismo cuarto, ese cuarto de miedo y podredumbre. Morado. Pero que ahora la diferencia es que las paredes tienen manchas negras. Me pide que le siga contando. Sinceramente no quiero. Ya no quiero y comienzo a llorar inconsolablemente. Quiero despertar. Pero por alguna extraña razón le digo que quiero contarle bien del porqué siempre regreso al mismo cuarto morado. Que aprovechemos juntos que es un sueño para que me ayude a descifrar el significado. Me sonríe y con su voz queda, me dice que no luche, que efectivamente es un sueño. Me asegura que estoy muy cansada y que no lograré despertarme por ahora. Que mejor descanse y cierre los ojos.

Comienzo a llorar una vez más. La confusión es real. Sé que es un sueño pero también puedo sentirlo como algo que sucede y no puedo huir. De reojo veo a mi padre caminar por el pasillo. Sus venas moradas son cada vez más grandes, más saltonas. Cubre su cuerpo con una sábana sucia, rota. Está muy ebrio y sé que se va a morir. Lloro. Lloro mucho e intento y sigo luchando por despertar.

Al fin, mi respiración logra despertarme. Abro los ojos. Analizo mi alrededor en la oscuridad. No se bien a bien en dónde estoy, pero sé que no es ahí con seguridad. Siento como si hubiera llorado hace un rato nada más. Logro incorporarme y me siento al borde mi cama. Bebo un poco de agua y pienso que mis sueños realmente están bien jodidos.

Nunca nunca he visto a mi padre cayéndose de borracho ni enfermo. En mis 38 años de vida, lo he visto si a caso dos veces medio pedo. Hasta ahí. Verlo así, en mis sueños, era impresionante. Era triste. Verlo casi morir y ver a mi hermano en un estado tan en descomposición, me revuelven el estómago nada más de escribirlo. Mis sueños pueden ser muy terribles. En serio.